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La ermita de San Diego del Monte y su entorno es uno de los lugares más bellos de La Laguna, y en ella confluyen los caminos de la historia del convento en el que se integra y la leyenda que gira en torno al muro del diablo, que, según el pueblo, construyen los vecinos y aparece misteriosamente cada día en el suelo. Además, en la espesura del monte se encuentra la cueva de Satanás y el lugar donde antaño bailaban las brujas, siendo notorio que las curanderas hacían sus prácticas un poco más abajo, en el lugar conocido como Los Cuatro Caminos.
En el año 1615, Juan de Ayala, que fundó el monasterio, dispuso que sus bienes y derechos fueran heredados por los franciscanos descalzos de San Diego. El convento sufrió a lo largo de su historia muchos problemas en forma de pleitos, litigios y clausuras. Su primer vicario fue el padre Gonzalo Temudo, quien, con doce religiosos, formó la comunidad monacal en 1648, aunque la construcción definitiva del edificio no tuvo lugar hasta 1672.
El espacio que ocupó el antiguo convento y las tierras que lo rodean es propiedad privada. La ermita pertenece a la Iglesia y fue objeto de ataques por parte de aquellos estudiantes que nunca comprendieron el componente romántico de la fuga de San Diego. La ermita fue cerrada al público y, fruto del abandono y de la acción de los agentes naturales como la lluvia, hoy presenta un aspecto muy desolador en su interior.
La fuga de los estudiantes
El próximo mes de noviembre se celebra la fuga de San Diego, ahora mismo un mero un recuerdo porque los estudiantes no acuden ni a la ermita ni al monte en busca de alegría y de alguna historia de amor. Ahora prefieren divertirse en fiestas privadas, aunque algunos de los jóvenes del ayer, hombres de hoy, aún recorren el paseo tradicional, trayendo al pensamiento recuerdos de una época pasada.
Noviembre es el mes idóneo para recordar a Fray Juan de Jesús, más popularmente conocido como el Siervo de Dios que fue asesor religioso de Sor María de Jesús, la monja incorrupta del convento de Santa Catalina. Un religioso de rara humildad y pobreza, según los historiadores.
La fuga de San Diego se remonta a 1919, cuando llegó a La Laguna el catedrático Diego Jiménez de Cisneros. Como un año impidió que los alumnos acudieran a la romería de San Diego, no asistieron a clase, lo que se repitió anualmente.
Los estudiantes acostumbraban a contar los botones de la estatua del fundador del convento, Juan de Ayala, que hoy está en la iglesia de la Concepción, que según la tradición servía para aprobar el curso.
"Yo recuerdo todavía
allá por los años 20
que por la Fiesta de San Diego
fuertes inviernos había
pero por mucho que lloviera
la fiesta siempre se hacía.
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El repique de campanas
al terminar la función
era la mejor señal
que salía la procesión.
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Al salir la procesión
y la danza a bailar
los vecinos muy contentos
por ver al santo salir
a recorrer el camino
el que nunca perderá
el Camino de San Diego
para toda la Eternidad"
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